martes, 2 de diciembre de 2008

De la desesperanza

No te cambio
aunque no cuides de mí
y me dejes sin el cielo.

Yo que en silencio me desarmo
no te cambio
aunque mis fuerzas
se estén quemando,
lo que queda te lo doy
para que avances,
para que engañes mi calma.

No te cambio
aunque te pierda.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Furvus Theologus

"Después de los cuerpos van las sombras
átomos dispersos que se encajan
en los pisos las paredes
que estallan en los bordes dilatándose
vuelven y se quedan en el mediodía
Van las sombras como cuerpos
Los cuerpos como viento".
(Jaime Agusto Shelley)


La vida es el arte de interpretar las sombras. El gobierno de las luces, aunque más extenso, es menos poderoso. Y aunque un destello genera sombras y nunca viceversa, las sombras siempre estarán en todas partes.


La luz tiene la desesperante propiedad de ser ineludible. Dios creó las sombras para que los ciegos no mueran desesperados.


El nervio óptico reacciona con desesperanza ante la luz, produce una serie de reacciones que se traducen en figuras, sombras finalmente, la luz no se ve, sólo se ven la sombra que ésta diagrama cuando rebota en un objeto. Los objetos son finalmente sombras que se palpan.


Pero cuando no hay sombras, la luz es una dolorosa ráfaga de fotones sin fin. Ver la oscura noche siempre será menos atosigante que dirigir las pupilas al Sol.


El principio de las luces y las sombras van de la mano con la experiencia humana. Complementarios al fin, ambos fantasmas existen porque el otro así lo demanda. Fuera de la luz y las sombras hay muy pocas cosas que expliquen el universo.


Vivir entonces gobernado primordialmente por las sombras no es un acto de masoquismo, es un requisito indispensable para allanar el paso a la luz que siempre llega. Y aunque las sombras nos hunda en lo oscuridad insalvable, nos penetre las moléculas con sus ondas de melancolía, sin ellas, nada sería cierto, nada sería humano. En la vida, dependemos de las sombras para sobrevivir, para ser mejores, para levantar los ojos hacia la luz y desafiarla a que desaparezca, para pisar tierra si se quiere.


El ser humano confundió lo malo con la tristeza, la tristeza con lo oscuro, lo oscuro con las sombras, y las sombras con lo malo para cerrar el círculo. No revelo nada al decir que gracias a las dualidades el mundo da vueltas. El Ying Yang nunca fue un misterio, sólo el efecto de pensar en que para vivir tenemos que saber que podemos morir, para respirar necesitamos saber que se siente perder el oxigeno, para ser felices requerimos de la tristeza.


Las sombras por lo tanto, son el estímulo y combustible que necesitamos en la vida para seguir existiendo y no morir en el intento.

sábado, 26 de julio de 2008

Doppelgänger (*)

"Rocamadour, ya sé que es como un espejo.
Estás durmiendo o mirándote los pies.
Yo aquí sostengo un espejo y creo que sos vos".
(Julio Cortázar)

Sosias estaba sentado como si fuera el depósito de mi cansancio. Se había distraído. Miraba los alrededores quizá presintiendo mi cercanía, quizá intuyendo que lo acechaba para asesinar su parecido.

Sosias miraba desencajado las paredes, no se atrevió a darme cara. Pase a su lado y volteó a callar a una manada de gente que ni se inmutaba. Si Sosias me hubiese visto, ¿se habría destruido el mundo? ¿Sería otro mi destino?

Lo sentí entonces inquieto. Me temía... sí me temía. Sosias estaba sentando y sabía que yo estaba a su lado. Sus ojos creyeron encontrar descanso en las copas de vino, en negarse a voltear para no implotar conmigo. Pero yo no estaba dispuesto a permitirlo.

El plan, tejido hace tres meses cuando conocí de su existencia, había comenzado. Su barba no me engañaba, sus infantes bigotes no me llenaron de calma. No hay forma que dos convivan con tanto parecido. No me importó entonces declararme Caín ni vagar condenado por su extinción. Esto había llegado ya muy lejos.

Lo miré entonces fijamente para forzar a sus ojos dar un giro. Lo miré intenso, desafiante, convulso. Sosias debía caer en ese momento, sin tregua. Con sólo mirarlo -decía el plan- él debía haber desaparecido. Finalmente Sosias existe porque yo así lo digo.

Pero Sosias se aferró a su existencia, reclamó su derecho de ser persona, de ser otro. Sin voltear a debatir con mi miraba, cruzó los brazos, exhaló como un híbrido, quebró los labios como una de mis tímidas sonrisas y se quedó dormido.

Maldita sea. Sosias vive, y ahora sabe que soñando no puedo combatirlo.

(*) Vocablo alemán para el doble fantasmagórico de una persona viva.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Ad Libitum

¡Yo no quiero que me digan
si el amor, como los pájaros,
se va a morir al cielo!
(Francisco Bendezú)

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Ven Nocturnidad que tu hijo está clamando.

Estoy en plegaria y penitencia
y te necesito
para que los abismos
no se lleven mi perdón.


Llega como tú sabes,
alada y sin permiso de las nubes
que yo te espero
obediente entre mis sábanas.


Ya no tengo la sangre bravía,
en mi atalaya me desconsuelo
desamparado por no tenerte cerca.


Ven Nocturnidad
que Hades arremete.


Mira compasiva esta alma
que se desvanece.
Mi reino ha muerto,
la melancolía se ha llevado a todos.

Sólo quedo yo Nocturnidad
tócame el silencio si quieres.
Tómame con el pecho descubierto,
con las venas sublevadas.


Llévame contigo a tu paraíso
de calostros fermentados.

Ven Nocturnidad
que mi alma está en arrebol convulso
y mis vagidos son escuchados
en ninguna parte.


Llega Nocturnidad, 
quiero que volemos 
donde el Sol haya sido derrotado
porque en el reino de los ciegos
la noche es la única paz.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Transistasis

Tengo en el alma una baranda en sombras.
A ella diariamente me asomo, matutino,
a preguntar si no ha llegado carta;
y cuántas veces
la tristeza celebra con mi rostro
su ópera de nada.
(Juan Gonzalo Rose)

Yo soy el Adán que de tu pecho respira,
que descansa en el ábrego de tu vientre.

Del silencio me convoco
y con la noche de argumento
desaforo la piedad que me sobrevive.

Yo soy el Adán que te reclama
y que rinde su imperio
ante tu ejército de corales.

De mi reino queda poco,
sólo el Adán que se escoce
y que proclama de tu vientre
la cuna de mi nombre
.

Yo soy el Adán que ha regresado
para amasar el génesis interrumpido,
sin aliento, sin latidos.

No hay más Adán que el que tengo
bajo el torso desangrado.
Ve y asola las catedrales del silencio
que yo esperaré escondido en los sausales.

Y mientras tu lanza me atraviesa el suspiro
descubrirás que soy el Adán que sólo muere
cuando descubre que te vas sin mirarme.

martes, 7 de agosto de 2007

De profundis clamavi

"Porque las saetas del Todopoderoso están en mí,
cuyo veneno bebe mi espíritu;
y terrores de Dios me combaten."
(Job 6:4)

Dios ya no me habla. Y sus herederos acusaron de caduca a mi alma, sin la mínima esperanza de acorralarme en sus trincheras. El cielo puede perdonar el descontrol, el desvío, puede aceptar que somos imperfectos, pero no concibe a un alma en silencio. Cuántos santos escondidos habrán padecido el mismo calvario, crucificados en el gólgota de un espíritu bombardeado por los ángeles vengativos.


No pecar es la afrenta más grande. La divinidad está reservada para los eternos, no para los hombres de sangre y hueso. Qué hubiese sido del mundo si me él me hubiese hablado, digamos perdonado. Pero el peso del castigo ha devastado mis rodillas. Mía es la culpa y mío es el castigo. Dios ya no me habla porque es justo que sigua en silencio.


Estoy llorándote Señor y es inevitable. Qué enorme afrenta el pararme frente a ti sin poder decirte que en mis últimos suspiros no quisiera tenerte cerca. Que desgracia perderte y perderme en el valle de las tinieblas. Te quiero, te amo, pero no te perdono. Así de humano me creaste, así de humano me humillo.


Tengo la piel cansada de estar mirándome. Mañana, con el viento empañándome las córneas, volveré al armagedon de mi suplicio, te miraré abatido, y rogándote como todos los días por que pronuncies una sola letra del alfabeto, besaré el suelo que sabe a infiernos, y sentiré que es justo y lo merezco. Es triste saber que ya no me hablas, y yo ni te miro.


sábado, 4 de agosto de 2007

Parafrasis de Adán


"Mi quinto amor fue una muchacha sucia
con quien pequé casi en la noche, casi en el mar."

(Martín Adán)


Mi primer amor me sorprendió a las cuatro de la tarde. Paso con sus maletas sin darse cuenta que yo le incrustaba las retinas siguiendo el paralelo descendente de sus piernas. Seducido, alocado. La llevé hacías las sombras para confesarle que sin ella todo estaba perdido. A veces su nombre aún me gobierna. Cuando le dije que la distancia era un monstruo que no había aprendido a destruir, me tocó el rostro, me disparó a los ojos con los ojos suyos, y consumó el indeseable acto de quien se despide para siempre. Te quiero -me dijo- y yo me hundí en el abismo.


Mi segundo amor me enseñó a morder los labios despacito. Tenía la solemnidad de una prusiana pero la lengua de porteña. Alta, blanca, jugosa, de nombre impronunciable. Nunca supe qué decirle por las noches. Había en sus besos un sorbo de arsénico y delirio que aprendí a domesticar en defensa propia. Quién sabe y era verdad lo que me decía, que más allá de sus labios nada era cierto. Se fue porque la ciudad le cansaba y me dejó bajo la puerta un cigarrillo que prendí en enero.

Mi tercer amor odiaba mi pasado, así que aprendí a odiarla.

Mi cuarto amor tenía nombre de monarca. Se levantaba como quien le pide al Sol un canto. Y yo le cantaba por las tardes, le escribía poesías, le tocaba las piernas. Con ella tuve mi primer suspiro, el que aún pulula en sus escaleras. Mi pecho era el nido de su rostro y sus manos eran la cuna de mi espalda. Decidimos no tentar la furia de Dios con tanto deseo, y cada quien se dirigió a su casa sin decir una sola palabra. Sólo volvió cuando murió mi abuela y me dijo que su rostro había encontrado otro nido y sus manos encunaban otra espalda. Desde entonces olvidé cómo era eso de los suspiros.

Mi sexto amor me alcanzó después de la cena para besarme la frente. Yo le rogué que tuviera misericordia de mi alma y me dejara libre. Me dijo que no tenía tiempo para eso. Antes de apocalipsis de su cuerpo, le confesé que de todos mis amores, sólo con ella perdía la fe. Una noche de junio decidió poner fin a mi holocausto y me soltó el brazo para siempre, no sin antes crucificarme con un gesto. Ahora sólo de ella no me olvido.